Como ya os han comunicado, ahora es mi turno de escribir (por cierto, muy buena presentación, -I).
Al igual que a todos los seres humanos que circulan por el mundo, mil cosas me caracterizan, pero claro, no de todas ellas se puede escribir una anécdota digna de este blog. Después de mucho pensar, he llegado a la conclusión de que lo mejor serían mis paranoias. Sí, soy muy paranoica (y en gran medida es culpa de mi madre, aunque ese es otro tema). Soy de esas que prefieren dar una vuelta entera a la manzana antes que atravesar una calle apagada, 'por lo que pueda pasar'.
Bueno, me remonto a mis años de feliz infancia, una tarde como otra cualquiera en la que fui con mi hermano a jugar a casa de un amigo. En ello estábamos, cuando la madre nos dijo que tenía que bajar un momentín al súper de la esquina. Nosotros ni nos inmutamos y seguimos a nuestro rollo.
En esto que pasan diez minutejos y llaman al timbre. Los tres nos quedamos mirando, ya ninguno quería dejar de jugar y darle oportunidad a los otros de mirarle las cartas. Já, no éramos tan tontos. Al final nos levantamos los tres y nos acercamos al telefonillo. En la pantalla había un hombre con malas pintas, y mi cabeza ya le había clasificado de peligroso nada más verle las greñas. Descolgamos el auricular.
- ¿Sí?
- Soy el de la lavadora.
¿Perdón? Tres niños de nueve años pasmados sin saber qué hacer. Pero mi amigo empezó a hablar.
- Pues esque mi madre no- Le tapé la boca. ¿Pero qué hace?¿Nunca le han dicho que nada de hablar con desconocidos?¿No abrirles la puerta?¿Jamás decir que estás solo? Yo ya empezaba a notar que me entraban los mil males y no se me ocurrió nada mejor que alejarme hacia el pasillo y, con una voz lo más de señora mayor que pude, grité:
- ¡Chicos, venid rápido que os he preparado la cena! Y colgad ya el telefonillo, que no esperamos a nadie.
Los otros dos me miraban como si estuviera loca (confesaré que además me entró una risita histérica) pero seguimos jugando y nadie volvió a hablar del tema, incluso cuando llegó la madre.
- ¿Sí?
- Soy el de la lavadora.
¿Perdón? Tres niños de nueve años pasmados sin saber qué hacer. Pero mi amigo empezó a hablar.
- Pues esque mi madre no- Le tapé la boca. ¿Pero qué hace?¿Nunca le han dicho que nada de hablar con desconocidos?¿No abrirles la puerta?¿Jamás decir que estás solo? Yo ya empezaba a notar que me entraban los mil males y no se me ocurrió nada mejor que alejarme hacia el pasillo y, con una voz lo más de señora mayor que pude, grité:
- ¡Chicos, venid rápido que os he preparado la cena! Y colgad ya el telefonillo, que no esperamos a nadie.
Los otros dos me miraban como si estuviera loca (confesaré que además me entró una risita histérica) pero seguimos jugando y nadie volvió a hablar del tema, incluso cuando llegó la madre.
Ahora, muchos años después, seguimos sin saber quién era aquel 'de la lavadora', pero aun así se siguen riendo de mí y mi pequeño acto.
-M